Este 24 de mayo, Neiva celebrará 413 años de su fundación. Como cada año, y por mero protocolo, ondearán las banderas, habrá ofrendas florales, estallarán fuegos artificiales y, por supuesto, se entregarán condecoraciones.
La pregunta que inevitablemente surge es si celebramos la fecha de nuestra fundación o, los años de avance que, como sociedad, desde aquella época, hemos tenido.
Entonces, qué sentido tiene celebrar la edad de una ciudad cuando muchas de sus heridas siguen abiertas y se profundizan porque sus autoridades y habitantes continúan divididos entre la indiferencia y la frustración…Si lo hacemos por simple rutina, se entiende; pero si creemos que todo está bien, entonces nos estamos engañando a nosotros mismos.
No. No se trata de apagar las velas ni de silenciar el himno. Se trata de detenernos un momento, con la mayor sinceridad posible, a reflexionar sobre cuán equivocados estamos en la manera como estamos concibiendo y construyendo nuestra ciudad.
Quizás, si nos diéramos ese permiso de conciencia, concluiríamos algo doloroso, que en muchas cosas estábamos mejor hace 412 años. Al menos, en ese entonces, había una victoria, había una esperanza. Hoy, en lugar de avanzar, retrocedemos. Nos envuelve la desidia institucional, el egoísmo cívico y la pérdida casi total de nuestra identidad y del sentido de comunidad.
No quiero ser aguafiestas ni pretendo arruinar las celebraciones de unos pocos. Pero esta es la realidad. Si hablamos de conquistas contemporáneas, hoy, Neiva no tiene nada —absolutamente nada— para celebrar. La ciudad no es ni la sombra de lo que podría ser. Y lo más grave es que nos acostumbramos al letargo, a la mediocridad, al “así nos tocó” o “eso es lo que hay”.
Lo más grave de todo es que se volvió hábito olvidar rápidamente la responsabilidad de los verdaderos culpables y de sus aliados en el desastre de ciudad que hoy tenemos.
Eso sí, aplausos, con fuerza, para quienes sí dignificaron el nombre de Neiva y la proyectaron más allá de sus fronteras. Ellos sí construyeron ciudad.
Aplausos sinceros, también, para esa generación de familias que apostaron por la industria y la generación de empleo y riqueza en nuestra ciudad. Aplausos para esas mujeres, madres, jóvenes y aquellos neivanos que con honestidad y su sudor siguen moviendo la economía de una ciudad que, lamentablemente, aún no les retribuye como merecen.
Conclusión, a los 413 años, Neiva necesita menos discursos conmemorativos y más debates profundos. Necesita menos promesas y más realizaciones concretas. Menos desobediencia y más ciudadanía. Menos autoridad, más ejemplo y más servicio.
¡Tal vez no es tiempo de celebrar sino de reflexionar!
Fuente: Diario La Nación

