Contar con espacios públicos seguros, dignos y sostenibles no es un lujo ni una moda urbanística. Es una necesidad fundamental para cualquier sociedad que aspire a construir identidad, progreso económico y ciudadanía.
Cuando estos espacios existen bien mantenidos y son disfrutados con dignidad, los ciudadanos se empoderan con afecto por lo común, existe responsabilidad compartida y prospera un contundente amor por la ciudad. Lo contrario, también sucede. Cuando los espacios públicos son abandonados, invadidos o mal administrados se transforman en focos de inseguridad, deterioro y exclusión.
En Neiva, la polémica sobre el deterioro de los espacios públicos ha sido motivo de creciente controversia. Este no es un problema reciente y sus causas son diversas: falta de recursos, informalidad desbordada y presencia de redes ilegales, entre otros. A ello se sumó una irresponsable práctica institucional, la entrega de muchos espacios públicos sin estrategia ni legalidad, como simple moneda de cambio para saldar compromisos personales o políticos.
Neiva, contrario a lo anterior, tiene casos que merecen ser destacados. El parque del barrio Sevilla, por ejemplo, ha logrado articular a constructores, empresarios, emprendedores, comerciantes, deportistas y gestores culturales, generando un espacio activo, sostenible y funcional. Es un modelo que demuestra que sí es posible.
¡Vale la pena! Entonces, soñar con espacios públicos bien conservados, vivos, construyendo identidad y tejido social de forma permanente ¡Claro que se puede!
La falta de recursos no puede seguir siendo la justificación. Para esto existe algo más poderoso: la voluntad política, la articulación institucional y la gestión con amor por nuestra ciudad.
Justo ahí es donde debemos abrir el debate: ¿es posible pensar en una Neiva distinta, donde el espacio público no sea un botín ni un estorbo, sino el alma viva de una ciudad que se respeta a sí misma? ¿Es posible crear una sociedad de ornato que, entienda que el paisaje urbano y su funcionalidad no son un lujo sino un derecho colectivo?
Esto, más que discursos, implica que la misma tenga un gobierno corporativo decente, honesto y serio, que promueva reglas claras, una gestión eficiente y una visión sostenida en el tiempo. Un gobierno que motive al sector privado con incentivos tributarios reales, transparentes y estratégicos, no improvisados; que lo invite a invertir no por obligación, sino por convicción.
Y, sobre todo, implica una ciudadanía que deje de ver lo público como lo ajeno y empiece a apropiarse de sus parques, sus andenes y sus plazas… como si fueran extensiones de su casa, de su historia y de su misma dignidad.
¿Seremos capaces de hacerlo?
Fuente: Diario La Nación








